dimecres, 28 de setembre del 2011

Notulae. Notes d'arxiu 6

Notas picassianas desde el Museu de Montserrat.

El año 2000, con motivo de la exposición “Picasso’s World of Children”, Maria Teresa Ocaña que entonces era la directora del Museo Picasso de Barcelona, me presentó al galerista de Ginebra Jan Krugier (1918-2008), con quien congenié enseguida. Jan Krugier sobrevivió a los campos de concentración nazis, en los que estuvo internado durante dos años por su origen judío y polaco. Acabada la guerra, se convirtió en un gran galerista de arte moderno con sedes en Ginebra, París y Nueva York y movió gran cantidad de obras de Picasso, Giacometti, Morandi, Balthus, y de otros artistas. Con muchos de ellos trabó una gran amistad y pudo formarse una importante colección.

En el Museo de Arte Europeo de Tokio. 13-03-2000. La galerista Noriko Togo, M. Jan Krugier, Maite Ocaña y Francina Dawans del Museo de Lieja.

Regalé a monsieur Krugier un librito sobre el Museu de Montserrat y, al hojearlo y ver nuestros cuadros de Picasso y Nonell, me dijo: “Mon Père, con este museo que tienen ustedes y siendo usted experto en pintura de este período, ¿por qué no organiza en el Museu de Montserrat una exposición sobre la pintura religiosa de Picasso? Yo podría ayudarle para que algunos museos y coleccionistas importantes de Europa y Estados Unidos le prestaran obras de este tema.” Se me iluminaron los ojos, pero al hablar de lo más prosaico y elemental, se me derrumbó el castillo de naipes. Necesitaba reunir un capital de unos veinte millones de las antiguas pesetas como mínimo y eso era algo imposible para una economía tan ajustada como la nuestra y todavía más imposible encontrar subvención en la administración pública o en fundaciones culturales tratándose de una exposición de tema religioso, aunque tuviera como protagonista al gran Picasso.

Krugier me explicó el significado del tema de las crucifixiones de Picasso relacionándolo con las corridas de toros vistas como ceremonias mediterráneas de la luz, el color y la muerte. No hay que olvidar nunca el background andaluz de Picasso. A partir de entonces fui tomando nota de las obras conectadas con el tema religioso, y concretamente cristiano y católico, del pintor.

Crucifixión (1930). Óleo sobre contraplacado, 51,5 x 66,5 cm. Musée Picasso. París.

El notario Raimon Noguera de Guzman (1897-1990) era un buen amigo de Picasso al que asesoró legalmente con motivo de la fundación del Museu Picasso de Barcelona; yo le conocí en 1983 cuando me llamó a su despacho del Paseo de Gracia para darme una veintena de dibujos de artistas catalanes para nuestro Museu de Montserrat. Hablándome de Picasso me comentó que el Estado Francés había ofrecido repetidas veces la nacionalidad francesa al artista malagueño, y que Picasso siempre se había mantenido en su principio de no cambiar “ni de religión ni de nacionalidad”. Creo que el notario Noguera habla de ello en sus memorias. También vale la pena que se sepa que Picasso fue padrino de bautismo de su amigo y camarada el judío Max Jacob (1876-1944) cuando este se convirtió al catolicismo en 1915. Picasso no era ni mucho menos un creyente explícito ni un católico convencido, pero no era enemigo ni combatiente acérrimo de lo religioso mientras esta dimensión no molestara su vida y su arte. El cristianismo para Picasso era algo principalmente cultural, que uno toma o deja según el gusto y las circunstancias. Por eso hay que dejar de lado todo afán de apologética barata y no presentar jamás la pintura religiosa de los artistas modernos poco o nada católicos como argumentos o confesiones de fe.

Recuerdo que Krugier, en la larga sobremesa de una comida de 16 platos japoneses, me comentaba que todos los grandes pintores figurativos modernos, los que él apreciaba más – Krugier desconfiaba de la pintura abstracta – habían tocado los grandes temas del cristianismo, sobre todo la crucifixión y la Virgen, y me ponía el ejemplo para él tan querido del judío Marc Chagall (1887-1985). La pintura occidental, quiérase o no, está marcada por el cristianismo y cualquier pintor que no sea un mentecato se sabe inmerso en una corriente que tiene tras de sí obras artísticas que son hitos del desarrollo del arte. En este sentido las “Maternidades” de Picasso no pueden menos que evocar las Madonne italianas del Renacimiento y del gran Arte Europeo. Picasso no pinta Vírgenes, sino maternidades, pero a cualquier persona medianamente entendida esas maternidades no pueden menos que evocarle la imagen secular de la “Virgen con el Niño”. Hay que decir que actualmente este teorema se plantea de modo inverso con respecto al antiguo. Los maestros florentinos o sieneses para pintar una Madonna se servían de una hermosa doncella, la más bella que podían encontrar, y de un niño gracioso y adorable, y con las dos figuras y algunos aderezos creaban una composición en la que el naturalismo resultaba transcendido por la belleza ideal. Para expresar lo sobrenatural se servían de lo natural. Por el contrario en la modernidad desacralizada la cuestión se plantea desde el polo opuesto. El artista no pretende de ningún modo pintar una Madonna sino una bonita mujer con su retoño, como elogio ideal a la maternidad; pero el tema pictórico está tan empapado de la tradición cristiana que el artista, consciente o inconscientemente, refleja el tema de la Madonna con Bambino y el público, conocedor de la pintura occidental y de la iconografía cristiana, capta la imagen profana bajo el prisma religioso secular, de modo que lo natural, idealizado por el arte, sugiere lo divino sin negar lo humano.

Maternité au bord de la mer (Barcelona, 1902). Óleo tela, 83 x 60 cm. Dedicado al Dr. Fontbona. Basilea. Colección Beyeler.


Sin embargo en la obra pictórica de Picasso hay un ejemplo muy singular. El 1904, en plena época azul, Picasso pintó en París un gouache bastante grande, 63 x 48 cm. (Zevros, I, 229), que tituló Madone à la guirlande. Se trata de una Madona en sentido estricto, de pie y de cuerpo entero, circundada por una guirnalda de flores y llevando en brazos al Niño Jesús que juega y acaricia a la Madre. Al mirar atentamente esta imagen, reproducida en el libro de Palau Fabre (1981), no pude menos que pensar en la escultura de Josep Llimona (1864-1934) que tenemos en el Museu de Montserrat, pues no sólo trata el mismo tema, sino que tiene características formales muy semejantes. Es un mármol de 143 cm. de altura, fechado en 1892, doce años anterior a la pintura de Picasso. Esta escultura de la Virgen del Rosario se halló siempre, mientras el joven Picasso vivió en Barcelona, en el patio de entrada de la casa señorial del orfebre Carreras, en la Puerta del Ángel de Barcelona. Picasso pasó mil veces por delante de esta casa y creo lógico que más de una vez debió asomar la cabeza para ver aquel bello patio y en él, presidiendo la gran escalera y mirando a la calle, la imagen de Llimona, que llamó la atención de la Barcelona Modernista. Según mi modesta opinión, cuando Picasso pintó en París su Madone à la guirlande, seguramente tenía “in mente” el recuerdo de la escultura barcelonesa de Llimona, que afortunadamente guardamos y exponemos en el Museu de Montserrat, por donación de los herederos directos del amo del inmueble. Lanzo esta hipótesis nueva e inédita que yo creo justa y digna de ser tenida en cuenta.


Madonne à la guirlande (París, 1904). Guache, 63 x 48 cm. París. Col. particular (Zevros I, 229).


Virgen del Rosario (1892). Josep Llimona, mármol, 143 cm. Museu de Montserrat