dijous, 24 de desembre del 2009

WRITINGS & LECTURES - 02

Aquest document que us presento és la traducció castellana de la conferència que vaig pronunciar a la sala d’actes del Palau Moja de Barcelona l’u d’abril de 2009, en el marc d’una sessió commemorativa del cinquantenari de la revista montserratina Serra d’Or. El text original va ser publicat en aquesta revista núm. 595-596, juliol-agost 2009, pp. 544-548.


El Museo de Montserrat, carnet de ruta.

Hablar del Museo de Montserrat durante 30 minutos es muy fácil y muy difícil. Fácil si me limito a decir lo que dice la página web de Montserrat, y fácil y difícil al mismo tiempo, si opto por abrir el grifo y dejar que salga a chorro un tema que conozco muy bien; piensen que hace treinta y un años que soy su director y que he sudado la camiseta a base de bien. Pero a veces me cuesta discernir lo que es objetivo y lo que puede ser simplemente una apreciación mía y, además, corro el riesgo de hacerme pesado como los viejecitos que empiezan y no acaban. Sopesados los pros y los contras, me decido por la opción difícil, con la esperanza de no irme por las ramas y de encontrar la venia de un público comprensivo.


Un museo de la Iglesia poco eclesiástico

Diré para empezar que dirigir un museo y un museo como el de Montserrat es bastante más complicado de lo que parece a simple vista, porque además de las dificultades normales de esta clase de institución, que los entendidos en museología saben muy bien, el Museo de Montserrat tiene bastantes otras por añadidura, ya que es un museo de titularidad eclesiástica, pero de contenido muy poco “eclesiástico”, propiedad de un monasterio que dicen que “es algo más que un monasterio”, pero nadie sabe en qué consiste realmente este “plus”, ni nadie lo entiende de igual manera. Por este motivo la historia del Museo de Montserrat, hablo de la historia reciente, se mueve entre claros y sombras, o como diría san Ignacio de Loyola, entre consolaciones y desolaciones, algo muy comprensible, porque al fin y al cabo eso o algo parecido es lo que ocurre en las mejores familias.

De entrada afirmo que la institución “museo”, dentro de un monasterio, es algo “contra natura”, que no encaja en el conjunto. El Director de Publicaciones puede constar como tal urbi et orbi, porque es el digno sucesor de aquella figura monástica medieval que era el caput scriptorii, y lo mismo podríamos decir de la música o de la escolanía con su caput scholae o magister puerorum; pero “museo” significa “casa de las musas”, algo de difícil ensamblaje en la estructura monástica, puesto que las musas son unas señoras profanas y hasta bastante paganas, de esas que no pueden entrar en clausura. Por este motivo la institución museística es una competencia de las explotaciones externas del monasterio, que entran en el ámbito directo del mayordomo o administrador, como las granjas avícolas, las tiendas de recuerdos y los demás servicios creados de cara al turismo.

No piensen que estoy haciendo caricatura amarga, ni mucho menos; éste no es mi estilo. Simplemente estoy dibujando con trazos aproximativos el mapa isobárico de presiones para mejor comprender la carta de navegación o la ruta viaria según la cual tengo que pilotar o conducir esta especie de barco o de tren que podría ser el Museo de Montserrat, salvando los escollos para conducirlo a buen puerto, acelerando o frenando para que el vehículo circule a la velocidad que permiten las circunstancias y no descarrile ni se vaya a pique. Sólo explicando este ambiente climático podrán comprender ustedes el mensaje clave que les querría transmitir: por qué el Museo de Montserrat es como es, qué etapas ha logrado, cómo funciona, hacia dónde se dirige, qué quisiéramos que fuese.


La paloma de Picasso

Recuerdo que en 1982 quise imprimir papel timbrado y diseñar un sello propio del Museo y me dirigí a Filograf. Con el querido Don Ricard Giralt Miracle, que era un miembro destacado de la Iglesia Bautista de Barcelona, nos confabulamos para hacer una especie de logo inspirado en la paloma de Picasso, la que sale en la lito Ronde de l’amitié, que el gran pintor dedicó al abad Escarré y a los monjes de Montserrat. Cuando tuve este sello oficial, se lo mostré al abad Cassià y le expliqué una vez más cómo podía ser el Museo de Montserrat, es decir mi teoría: que la donación Sala sólo era un buen punto de arranque para una etapa de ampliación del patrimonio que pondríamos al servicio de la gente, que las donaciones irían en aumento, que por imperativos del tiempo que vivimos el museo iría creciendo y que la paloma de Picasso, que habíamos adoptado como emblema, se podía leer como un símbolo del Espíritu Santo – no dije nada de las musas – que nos impulsaba a abrirnos, sin miedo, a la cultura, a la cultura-cultura, es decir a la koiné, a la cultura que se hace en nuestro mundo desde los más diversos ámbitos, y naturalmente también en el de las artes plásticas.

El abad Cassià me apreciaba mucho y también yo a él, pero mi discurso no coló. En los primeros ochenta todavía soplaban los residuos de aquel huracán destemplado de los años sesenta y setenta. Quienes rozan o pasan de los sesenta pueden recordar que en aquellos años, en nuestros ambientes progresistas, en nombre de la santa pobreza se exigía al Papa que se vendiera el Museo Vaticano a los americanos, porque el arte era un lujo y la cultura, un instrumento de poder. Era evidente que, con estos presupuestos mentales en vigor, todavía no había llegado el tiempo de hacer unos planteamientos nuevos para el Museo de Montserrat, y emprendí la larga travesía del desierto.


La casa de la musas


Nunca me sentí frustrado, porque yo también procedía de aquel mundo del postconcilio algo naïf y contestario. En aquella situación me dediqué a estudiar a fondo el arte del siglo XIX y del primer tercio del XX con la pretensión de documentar la colección Sala que había llegado a Montserrat, y de pronto se me abrió ante los ojos un panorama intelectual sumamente atractivo. Ya en esta primera etapa entré en contacto con una serie de amigos que me ayudaron y que siempre me han servido de apoyo: Francesc Fontbona, Daniel Giralt-Miracle y José Corredor-Matheos entre los mejores y mas próximos, con quienes me “confesaba” en materia artística y profesional, pero acudían también a Montserrat otros muchos universitarios que hacían tesis doctorales o profesores que necesitaban información sobre nuestra pintura catalana moderna; es decir, sin proponérmelo expresamente, fui tejiendo una densa red de amistades entre profesionales y especialistas muy prestigiosos.

Considero como ventaja el hecho de que mi titulación académica no sea eclesiástica sino exclusivamente civil. Soy un producto de la Universidad de Barcelona de los primeros años setenta, alumno de Cirici por lo que respecta al arte moderno y contemporáneo, de Verrié en arte medieval, de Santiago Alcolea Gil en Renacimiento y Barroco y de Pere de Palol, en lo que concierne al arte y cultura tardo-romana y paleocristiana, que era mi primera vocación y que, precisamente a causa de las “presiones isobáricas”, se convirtió en mi “amor imposible”. Con esta anotación previa quiero dejar claro que, aunque soy monje benedictino y siempre me he sentido muy satisfecho de ello, en lo que concierne a mi trabajo profesional, mi mentalidad es muy laica, y me atrevería a decir un poco “laicista”. Del mismo modo que los catalanes cuando se sienten acosados se hacen “catalanistas”, las personas como yo, según la presión y la dirección de los vientos, también podemos llegar a sentirnos “laicistas”.

Se me revuelven las tripas cuando recibo circulares de museos eclesiásticos con programas de “Cómo evangelizar desde los museos”. El museo no es el lugar de la catequesis, sino el lugar para enseñar a mirar el arte, a leer las formas y a comprender lo que está detrás. Cuando un objeto sagrado pasa a un museo, su primera dimensión sagrada se evapora, para adquirir otra de simple objeto artístico, producto de la inteligencia del artista y de su habilidad; el significado religioso pasa a segundo plano y está sólo en función de la comprensión del objeto. La catequesis y la evangelización se deben realizar en la iglesia, o en el salón parroquial, o en los centros dedicados al apostolado, o en casa, o en el bar hablando con los amigos y yendo con ellos de excursión. Estoy convencido de que las estrategias clericales de camuflaje – que se traguen la píldora sin que se den cuenta – resultan contraproducentes y hacen que el museo deje de ser museo, es decir casa de las musas. Estas, al percibir cierto olor de cera, huyen aterrorizadas y el arte pierde su atractivo para convertirse en propaganda, y la religión en ideología. ¡Una pena!

Del mismo modo que me repugnaba visceralmente aquel pseudo-museo de Moscú de la Guerra Fría que se llamaba “Museo del ateísmo”, me repele el concepto de museo que, bajo el manto del arte o de la arqueología todo él está en función de una campaña de mentalización religiosa, o antirreligiosa que a mí me da lo mismo. Yo apuesto por un museo “casa de las musas”, donde todo el mundo encuentre en el arte lo que el arte puede dar, si de verdad es arte.

Este modo de ver el arte desde algunas instancias eclesiales, en mi caso desde el Museo de Montserrat, no es ninguna novedad. Yo me siento muy en la línea, aunque todos hemos evolucionado bastante, con aquel grupo redactores de la revista Qüestions d’art, de los años setenta de la Editorial Estela. Hay que desconfiar de aquel arte que necesita adjetivos calificativos tan fuertes que dejan al sustantivo vacío de sentido. El museo que estamos construyendo en Montserrat – todavía en el plano ideal, pero con incidencia material y real, cada día, paso a paso, pero en esta dirección – es un museo abierto, como un ágora, donde se canta la creatividad humana de todos los tiempos, de todas las culturas, pero principalmente de la nuestra, porque es nuestra y es la que el público espera encontrar en un país como el nuestro. Apostamos por la pluralidad de escuelas, estilos y conceptos, pero mantenemos un exigente y selectivo control de calidad y no nos da miedo, aunque somos conscientes del riesgo de equivocarnos, rehusar experiencias que nos parecen frívolas o de valor muy discutible. Este tipo de arte tendría que hallar su expresión en otros lugares más experimentales que un museo. En mi opinión, esta institución tendría que infundir mucho respeto, y creo también que en el currículum de un artista vivo entrar en un museo tendría que ser algo así como una consagración, como el logro de una meta definitiva.


El arte profano en el Museo de Montserrat o el desembarco en Normandía

El lenguaje con el que les hablo no es sólo producto de mi formación en la Universidad de Barcelona en los primeros setenta, sino que puedo hablarles de este modo porque el Museo de Montserrat, a cuya formación he contribuido, también me ha formado a mí. En 1978 pusieron en mis manos un museo organizado en 1963 con los criterios que imperaban por todas partes en aquellos años. Piensen que eran los tiempos del turismo de Fraga Iribarne, de rebaños de turistas preferentemente nórdicos – ¡aquellas vikingas de nuestros sueños de juventud! – que llenaban nuestras playas i compraban un paquete de viaje que comprendía la visita a Montserrat, con Museo y Salve de la Escolanía incluidos.

Entonces el museo constaba de dos partes o secciones bien delimitadas. El antiguo Museo Bíblico de la portería del monasterio, lo habían desmontado con gran disgusto de los discípulos del P. Ubach, y fue integrado en el Museo de Montserrat como sección de Arqueología del Oriente Bíblico. La otra sección se llamaba Pinacoteca y estaba formada principalmente por los cuadros que adquirió en Roma y Nápoles el abad Marcel entre 1913 y 1920. La constitución de este museo era simultánea a los anhelos eclesiales del postconcilio que postulaban un espíritu de mayor “pobreza y simplicidad”, y los cuadros dentro de casa más bien molestaban y repelían. – O tempora, o mores! – que diría Cicerón. La inflexión, la gran revolución, la toma del “Palacio de Invierno” que trocó los papeles en todo este asunto fue la llegada a Montserrat de la colección Sala Ardiz, en febrero de 1980, y su inclusión en el Museo en 1982.

Con ironía he comparado este hecho con la “Gran Revolución”, porque, de golpe, como por arte de magia, se nos invirtieron los términos. La pintura moderna de los siglos XIX y XX que nos había llegado como una invasión de modernidad, que no era ni bíblica ni religiosa, sino profana, como lo evidenciaba la Madeleine de Ramón Casas en la portada del primer catálogo y en la mayoría de impresos que editamos ya en 1982, se había apoderado de nosotros. Lo expliqué ya más arriba. Yo que hasta entonces era un “paleocristianista” tuve que reciclarme deprisa y corriendo. Pero el santo Cenobio, como es natural, tuvo que hacer una digestión más lenta y pesada de aquella ola de mundanidad que había encontrado asilo en las dependencias del antiguo Restaurante de Montserrat, convertido en museo, en medio de grandes dificultades económicas.


Redescubrir y valorar el arte recién llegado

En el monasterio, como mandan los cánones y las constituciones, cada vez que hay un asunto que implica la propiedad y que supera una determinada cantidad de dinero, se precisa un permiso especial no sólo del abad sino también del Consejo de Decanos. Y la llegada de la colección Sala comportó un aluvión de solicitudes de préstamos de cuadros, que los decanos, tras oír mi informe, debían otorgar o denegar. Como era de esperar, a la sexta o séptima sesión, los decanos estaban ya hartos de estas formalidades y me dijeron que decidiera yo sólo. Este fue otro paso importante para llenar de competencias el cargo que ostentaba y también porque la comunidad se daba cuenta de que el Museo de Montserrat salía en los catálogos de muchas exposiciones de Barcelona y del extranjero, y también veía que la única pintura que nos pedían era la profana, la que salía reproducida por todas partes y a la que consideraban tan importante o más que la otra. Efectivamente, si nuestro museo empezaba a ser de cuatro estrellas, tres eran a causa de la pintura catalana moderna. Y enseguida empezaron a llegar otras donaciones: la Sensat, la Busquets, los Dalí de la señora Josefina Cusí, y una lluvia de donaciones individuales que íbamos integrando como podíamos en el museo.

Una de las cargas – a veces dulce, a veces ingrata – que conlleva mi cargo es la de acompañar, a requerimiento del abad, a los visitantes ilustres del Monasterio. Recuerdo la anécdota, que significó mucho para mí, de la visita del nuncio Mario Tagliaferri al museo. Enseguida me di cuenta de que conocía detalladamente el arte del siglo XIX, sobre todo el francés, que sabía quién era Fortuny, y me dejé llevar por el entusiasmo. Cuando me di cuenta, estaba explicando al nuncio las peripecias de Rusiñol, Casas y Utrillo en Montmartre, con Suzanne Valadon en medio, y el nuncio mirándome fijamente a la cara con la boca entreabierta. Le dije: - “Perdone, Señor Nuncio, quizá le esté escandalizando que un monje benedictino le hable de estas cosas”. Me cortó:
– “No; todo lo contrario. Creo que lo que me está explicando es tanto o más interesante que lo que pudiera decirme un jesuita experto en astronomía o en física nuclear. Las humanidades son algo muy importante y el trabajo y los estudios que usted está llevando a cabo tienen mucho interés y usted está haciendo un gran servicio”. Esto me hizo pensar mucho.

Comencé también a leer algunas publicaciones del cardenal Paul Paupard y documentos del Pontificio Secretariado para la Cultura. Encontré enseguida cosas muy aceptables a las que nadie hacía caso, y yo el primero. El principal interés de la gente que se movía en la Iglesia y en su entorno – eclesiásticos con cargos importantes, laicos comprometidos, religiosos/as con inquietudes – y de las revistas que nutren sus afanes de noticias y novedades, todo se centraba en cuestiones teológica y morales, objeto de grandes debates, o bien en cuestiones sociales complejas, temas todos ellos muy importantes pero sin solución fácil ni viable a corto plazo. Eran los tiempos del Concilio Tarraconense. Cuando visitó Montserrat el cardenal Paupard, pude hablar con él aunque brevemente y me quedé sorprendido por la coincidencia de puntos de vista que tenía con él; era mejor y mucho más claro cuando hablaba coloquialmente que cuando utilizaba papel timbrado del Pontificio Consejo. Esto me hizo madurar y sobre todo me produjo una cierta seguridad de no ir por caminos erráticos e inviables. Otro confidente y mentor de la travesía del desierto fue el arzobispo de Burdeos Mons. Pierre Eyt, al que ya había conocido anteriormente como Director del Centre d’Etudes Catholiques de París. Era fácil hablar con Mons. Eyt, que después fue cardenal, porque conocía muy bien los entresijos de la cultura literaria y artística del París del final de siglo XIX, y también del contemporáneo. Le recuerdo como una de las personas que más me ayudaron a explorar sin miedo el mundo y el ambiente de la modernidad.


Declaración de principios, o mejor, pensamientos que quizá puedan resultar útiles

De todo lo que les he explicado podría deducir una serie de conclusiones. El museo que estamos haciendo cada día en Montserrat ha de ser pensado y guiado desde unas ideas muy arraigadas en nuestra tradición benedictina, y además debería estar impulsado por aquella palomita de Picasso – que finalmente por imperativos del Vegap no llegó a figurar en nuestro logo – quiero decir por un afán de ultrapasar fronteras y de abrir espacios de libertad y reflexión sobre la condición del hombre (y de la mujer como hay que decir para ser sociológicamente correcto), de reflexión sobre el arte y sobre la realidad social que el arte refleja, etc.

La función de un museo no se limita a exponer correctamente sus materiales, un tema complicadísimo y carísimo, pero que con dinero puede lograrse muy satisfactoriamente, sino también debe crear en su entorno un ambiente intelectual amplio y poliédrico, donde pueda dialogar mucha gente con puntos de vista diferentes pero no antitéticos, que compartan unos valores humanos y humanísticos amplios abiertos a la complementariedad – nunca una casa de locos - , y desde este humus rico y bien abonado, presentar el arte dentro de un amplio marco de comprensibilidad y enriquecedor en todos los conceptos, estimulando en el espectador una lectura provechosa y gratificante.

Cuando anteriormente he aludido a la tradición benedictina me estaba refiriendo a la transmisión de una cultura y unos valores que no son exclusivamente cristianos, sino también los clásicos, los de la cultura común válida para todos. Será preciso recordar que en nuestros scriptoria medievales no sólo se copiaba la Biblia y los Santos Padres, sino también Horacio, Ovidio, Virgilio, las comedias de Plauto, los epigramas de Marcial y hasta algunas cosas más atrevidas, porque como dice Aristóteles, y creo que santo Tomás de Aquino lo confirma: “nadie puede vivir sin delectación”. Si buscásemos la tradición manuscrita de los autores que he citado, seguramente que encontraríamos los nombre de bastantes monasterios benedictinos alto-medievales.

Y por lo que se refiere al ambiente intelectual amplio que postulo para nuestro museo, me remito a la autoridad de John Henry Newman. Recuerden aquello de Eugeni d’Ors: “Todo lo que no es tradición es plagio”, y por lo que respecta a Newman, me remito a su libro Idea of a University en el que lanza ideas de cómo tendría que ser la Universidad Católica de Dublín, de la que fue fundador y primer rector (1852-1857), hasta que el episcopado le echó porque era poco celoso y no fomentaba las conversiones como se esperaba. La universidad católica que quería Newman era semejante al ambiente que les he descrito y que yo quisiera promover y potenciar como substrato o trasfondo intelectual del Museo de Montserrat: un grupo de personas eminentes en su especialidad que dialogan desde puntos de vista diferentes, que respetan y no interfieren el ámbito religioso de la parroquia universitaria, pero que jamás pretenderán hacer proselitismo desde la literatura, ni desde la física, ni desde el arte.

No pido la luna. Lo que propongo es un corolario del Concilio Vaticano II cuando hablaba de la autonomía de las ciencias humanas, y por tanto de las humanidades , algo que el papa Juan Pablo II subrayó en su encíclica Fides et Ratio. A veces resulta que las soluciones más innovadoras son aquellas que manteníamos en el frigorífico. Sólo hay que descongelarlas y sazonarlas convenientemente para que se conviertan en las más apropiadas en un momento determinado, puesto que responden al afán perenne del hombre (y de la mujer) de todos los tiempos, en búsqueda constante de sentido y trascendencia. Este deseo, esta inquietud jamás saciada, es el mejor aliado de todos aquellos que empeñamos nuestros mayores esfuerzos para que el hombre, en su itinerario en esta vida, crezca en todos los niveles, sea feliz y goce de los dones que Dios nos ha dado, entre los cuales el arte y las artes plásticas ocupan un lugar no sólo interesante sino insustituible, para que el hombre sea algo más que una máquina biológica.


Las faenas que ocupan nuestro quehacer

Por encima de todo, el Museo de Montserrat está comprometido en abrir las puertas todos y cada uno de los días del año al público que sube a Montserrat y desea visitarlo. No cerramos ningún día de la semana; estamos en servicio permanente, en actitud de acogida, como nos prescribe la Regla benedictina refiriéndose a los huéspedes y visitantes. Esto para nosotros es básico.

Pero además mantenemos este diálogo de que les hablaba antes por medio de las exposiciones temporales, que son expresión de un estudio y de una trama previa de relaciones y propuestas. Estas exposiciones tienen lugar en dos salas debidamente habilitadas para esta función: la sala Pere Daura de unos 450 m2 y el Espacio de Arte Pere Pruna, más pequeño, pero también más ágil que la sala anterior y que dedicamos preferentemente al arte contemporáneo. Las exposiciones que organizamos a base de nuestro patrimonio artístico y arqueológico pueden tener carácter itinerante y viajar a las ciudades y entidades que nos las solicitan, de este modo se convierten en embajadoras de nuestra cultura.

Desde hace dos años el Museo de Montserrat publica en Internet y en papel una pequeña revista de carácter informativo y de tono coloquial que ofrece las novedades, las exposiciones, los proyectos en curso, las restauraciones y los estudios que se están llevando a cabo en el Museo de Montserrat o en sus aledaños. Esta publicación trasparenta el ambiente que se respira en nuestro entorno y el diálogo que se crea entre artistas, historiadores, críticos y otros profesionales del arte, que encuentran en el Museo de Montserrat un ámbito de reflexión compartida. Éstos colaboran frecuentemente en la dirección de los proyectos que llevamos a cabo. Esta publicación ostenta el título emblemático de El Propileo, porque éste era el pórtico de la Acrópolis de Atenas, donde se hallaba la Pinacoteca, y marcaba el inicio de la vía sacra que conducía al Partenón.

Consideramos que el arte, y por consecuencia también el Museo de Montserrat, tienen una función propedéutica, es decir ha de proporcionar un acompañamiento introductorio a quienes se nos acercan con el deseo de emprender un camino, cada uno el suyo, hacia unos ideales, aquellos que sienten y les atraen, siguiendo su ritmo vital, es decir los mejores anhelos de su corazón. Desde el Museo de Montserrat estimulamos una aventura que no es exactamente la que se promueve desde la Basílica ni desde las actividades pastorales del Santuario, pero que no están en contradicción con ellas. Nos movemos en el terreno de las “humanidades”; ésta es nuestra herencia y estamos contentos de compartirla con todos los que nos visitan y se encuentran bien a nuestro lado.

Les he explicado lo que somos, lo que queremos, las etapas de un itinerario que empezamos hace tiempo y que hemos ido perfilando en estos últimos años. También querría decirles que soy más platónico que “machadista”, y que el caminante que cree que caminando está abriendo camino es algo miope y sólo percibe la inmediatez de lo que está viviendo. En realidad es el camino que hacemos el que nos constituye en aquello que somos, el que nos da nuestra peculiar fisonomía, y el que nos da motivaciones para seguir adelante y divisar nuevos horizontes. Esto también forma parte de mi experiencia al frente del Museo de Montserrat, que he compartido con ustedes a lo largo de esta media hora, que deseo que les haya sido soportable; y si además les hubiera reportado algún provecho, me daría por satisfecho y muy bien pagado.

divendres, 18 de desembre del 2009

Pensierini o cartas a Carlitos Novotny – 2

Rusiñolitis
7 de Diciembre de 2005

En tu último mail, Carlitos, te reías de mi trasnochado rusiñolismo y me preguntabas por qué me había “enamorado” de un pintor que no es de primer orden y de un escritor que tú consideras mediocre. Carlitos, esas cosas suceden porque sí. Fíjate que has utilizado el verbo “enamorarse” y nadie se enamora tras haber redactado una lista exhaustiva de pros y contras. Mi manera de pensar y de reaccionar es muy diferente de la de Rusiñol. Sólo tienes que sospesar el papel que la religión juega en mi vida y el concepto vaporoso y desdibujado del cristianismo que tenía Rusiñol. Mi mente tiene unas estructuras axiales que considero sólidas, mientras que Rusiñol era un vitalista algo cínico, en el sentido filosófico de la palabra. Recuerdo que uno de sus “malos pensamientos” reza algo así: “Esos que dicen que buscan la verdad se merecen el castigo de encontrarla”. Pues yo soy de esos que buscan la verdad, y sé que ella se encuentra más allá de todos los horizontes que diviso.

A pesar de estas diferencias básicas, Rusiñol me cae simpático y creo que, si hubiésemos sido coetáneos y nuestras vidas se hubieran cruzado, habríamos entablado una fuerte y cordial amistad. ¿Sabías que Frederic Soler, el célebre Serafí Pitarra, el popular dramaturgo, masón y escritor de L’Esquella de la Torratxa era amigo del alma de Lluís María Llauder, líder de los carlistas barceloneses y fundador de El Correo Catalán? Los que sabían esta historia no se la podían creer. Aunque debo confesarte que lo mío con Rusiñol no es ni de lejos tan diametralmente opuesto como lo que podía mediar entre un hombre de L’Esquella y un integrista de El Correo.

No es verdad eso que dices de mi “rusiñolitis” considerándola una antigualla de la que no he sabido desprenderme, una especie de pecado de juventud que uno arrastra toda la vida. Esto que estoy diciendo, a mi Carlitos Novotny puede sonarle a músicas celestiales emitidas desde otro planeta, pero para mí es algo evidente. Cuando uno quiere conocer las cosas en amplitud, lo primero que debe hacer es conocerlas en profundidad para tener raíces que le permitan crecer también en horizontalidad. Es lo que me pasó en 1983/1984, cuando me propuse documentar la colección de arte catalán que había recalado en Montserrat gracias a la donación Sala Ardiz. Ocupaba gran parte de mi tiempo en almacenar información sobre el arte barcelonés de la segunda mitad del XIX hasta la segunda mitad del XX. No es que me hallara perdido, porque ya sabía el “quién es quién” de la historia, pero sí enmarañado en medio de un montón informe de información que depositaba en una especie de cajoncitos estancos en mi mente, como si se tratara de un fichero. A medida que avanzaba en mi trabajo, me daba cuenta de que sabía muchas cosas pero que en realidad no sabía exactamente de qué iba la cosa. Empezaba a cansarme y a aburrirme cuando por las buenas me puse a leer el librito Rusiñol i el seu temps de Josep Pla.

La verdad es que Pla, con su irrefrenable afán de hacerse simpático a fuerza de decir graciosidades, nunca me había gustado, pero leí el libro con avidez porque el personaje me caía bien y las historias y anécdotas que Pla refería tenían coherencia y describían un carácter muy rico en contrastes y un contexto efervescente muy atractivo. Me lo pasaba bien, pero al mismo tiempo constataba que Pla no daba ninguna fecha, ni citaba nada con precisión y que al confrontar sus afirmaciones con mi fichero, pues éstas no ligaban de ninguna manera con la documentación de la época que yo había recabado; en fin, que su información no era fiable. Tomé como un reto saber cómo era y quién era en verdad aquel Rusiñol “heterodoxo”, en el sentido que le daría Menéndez y Pelayo, y sobre todo saber qué había detrás de su pintura. Me leí – unas veces entre risas y otras con mareo – los dos gruesos volúmenes de sus obras completas; empecé también a recopilar y reajustar los epistolarios, algunos de ellos inéditos, de Rusiñol, y a recoger toda clase de noticias, no sólo las artísticas, sino también biográficas o de su vida social para establecer itinerarios y hasta componer agendas, cosa que seguramente Rusiñol jamás hizo en su vida. Constaté que el mismo Rusiñol a veces equivocaba las fechas de sus cartas; cuando se acercaba Navidad podía fechar la correspondencia pensando ya en el año siguiente, y no era extraño que las cartas de enero y febrero, por pura inercia, continuaran llevando la fecha del año anterior. En sus cartas, Rusiñol no siempre dice lo que sabe sino lo que quiere que se sepa, por eso hay que leerlas con mucho tiento. Y finalmente, Rusiñol era artista, y para él las ciencias exactas solamente tenían aplicación en el ámbito contable. Llevaba una libretita donde apuntaba fielmente los gastos e ingresos. En las demás esferas de su vida reinaban la creatividad, el gracejo o el empeño de generar materia para su próximo artículo o glosa. También me fui dando cuenta de que a medida que pasaban los años, Rusiñol no sólo no corregía los errores, ni los dichos y sucedidos que él nunca dijo ni protagonizó; los escuchaba con una sonrisa socarrona y a la chita callando todo aquel cúmulo de chistes y anécdotas se iban integrando en una biografía metahistórica, que tiene algo de una hagiografía laica. ¡Tanto le daba! Se sentía por encima de esas menudencias y lo que realmente le importaba era que le quisieran, que le hicieran corro y compañía. La mayoría de las biografías y anecdotarios de Rusiñol – la mejor de ellas la de Pla, la de Vinyet Panyella ya es otro cantar - responden a ese cliché.

Estos comentarios míos no pretenden de ningún modo desmitificar ni denigrar la figura de Rusiñol, sino más bien realzar unos aspectos que pasan inadvertidos y que, según creo, contribuyen a trazar un perfil humano más entrañable de este personaje. No me gustan en absoluto las personas que hacen ostentación de ser un caballero de cuerpo entero, de carta cabal, sin fisuras, todo de una pieza. Generalmente o son dictadores, o doctrinarios insoportables, o auténticas patatas, aburridos hasta causar hastío. Para mí la persona interesante es aquella que en su vida logra tejer un entramado de vicios y virtudes, de cualidades y defectos, más o menos equilibrado, que le permite sobrevivir sin grandes tragedias y con un aceptable nivel de felicidad personal que se proyecta en su entorno por la amabilidad que desprende y por la empatía que crea. Y para mí, Santiago Rusiñol es un magnífico ejemplar de esa especie.

Seguramente a Carlitos Novotny esto que le explico de Rusiñol ni le va ni le viene. Es natural, porque tú eres de otra generación y tus coordenadas mentales son muy diferentes de las mías, y ¡no digamos de las de Rusiñol! Pero me gustaría que de esta conversación epistolar te quedara claro lo importante que es conocer bien un tema con toda la profundidad de que seas capaz. Yo abomino las tesis doctorales interdisciplinares o tan generales que admiten todo o casi todo. En historia del arte hay que acotar un artista o un tema muy preciso que se convertirá para ti en un observatorio desde el que otearás amplísimos panoramas y también te proporcionará un baremo muy preciso para establecer comparaciones y proporciones. Por eso, querido Novotny, el Pensierino que hoy te ofrezco va en este sentido, como ya te enunciaba al principio de esta carta. Aquel refrán de “Quien mucho abarca poco aprieta” puede ser una verdad como una casa, sobre todo para quienes se mueven en la superficialidad de lo que tratan. Los que en algún tema han aprendido a moverse y a pescar en aguas profundas, o se abstienen de hablar de cosas que no conocen, o cuando lo hacen, lo hacen con una profundidad más o menos aceptable, porque tal es su manera de trabajar. En resumen, Carlitos, mi consejo es el siguiente: mitte radices, echa raíces, haz la tesis, hazla pronto y ves hasta el fondo.

dimecres, 2 de desembre del 2009

Pensierini o cartes a Carlitos Novotny - 1

Introducció

Des del moment que vaig decidir de crear-me un blog, vaig pensar que era un lloc adient per a publicar fragments d’un llarg i variat epistolari que he mantingut des de fa alguns anys amb el que podríem anomenar “deixebles”, o millor amics molt més joves als quals moltes vegades doblo en edat amb escreix. A molts d’ells els he demanat, i me l’han concedit, el permís per a reproduir – guardant escrupolosament l’anonimat –alguns paràgrafs de les cartes que els adreçava. L’ interès d’aquesta correspondència se centra en el fait vécu. Hi ha de tot una mica, respostes a preguntes que em feien, comentaris casuals sobre qualsevol cosa, i també, com és normal en la conversa entre un adult ben entrat en anys i un jove que té inquietuds de tota mena i no solament professionals, la confrontació d’opinions diferents per tal de reafirmar-se cadascú en la seva i també molt sovint per entaular un joc dialèctic que pot arribar a ser divertit. Només en alguns casos, bastant pocs, hom arriba a establir una mena de bypass o transfusió d’experiències que fan que s’encengui aquella llumeta de la ment, que els clàssics denominaven el numen o inspiració superior, i que et fa veure una realitat amb una llum nova.

Com és evident, Carlitos Novotny no existeix; és el nom genèric que dono a aquest col·lectiu amb el qual mantinc correspondència. He triat un nom ben postmodern i ben de qualsevol lloc, perquè d’aquesta manera els pensierini poden obtenir una mena d’halo “global”. No me’n burlo, simplement jugo.



30 de novembre de 2005

Ja veuràs, Carlitos, que tenim un calendari d'activitats molt ple i, des de la rebotiga del Museu, aniràs coneixent la tira d'esdeveniments culturals que es fan a Barcelona, a tot Espanya i molt més enllà. Habitualment comento amb els amics i assessors els principals fets que afecten el Museu, els projectes que van sortint, les propostes que ens fan i també les exposicions que preparem o aquelles en les quals participem. Em sembla que aquest ambient t’agradarà, perquè és engrescador i perquè la gent que hi participa té molta qualitat professional i humana.

Amb sorpresa meva he vist que només tens 24 anys. Jo et feia uns 26 o 28, per tant has de saber que ets un cadell, un professional amb més futur que realitzacions, malgrat la teva solemne titulació i les medalles que t’has guanyat. Més que les teves aportacions immediates, m’interessa que et formis entre nosaltres i que participis d’aquesta dinàmica que ens caracteritza. Si aconseguim de crear feeling – y creo que estamos en ello – em penso que sortirem guanyant per les dues bandes.

Amb insistència, estimat Novotny, em demanaves el número del mòbil, un instrument que per tu és imprescindible i que jo abomino. No fa gaire vaig sortir a La Vanguardia com l’únic director de museu que no tenia mòbil i que per qüestions de principis refusava de tenir-ne. Jo em passo la vida al costat de l'ordinador i del telèfon normal treballant com un negre, i quan estic fora del meu lloc de treball és que estic resant a la Basílica, o atenent una visita o en algun acte de comunitat i no és el moment de ser interromput pel primer que se li acut de trucar-me. Per mi és molt important que la persona es preservi uns temps i uns espais de privacitat absoluta, on tu ets tu sense que ningú pugui interrompre el teu discurs mental o cordial amb interferències extemporànies. Això que et dic – Carlitos, ets prou intel·ligent per a endevinar-ho – és un ideal que no sempre es pot realitzar, ja que no cal que sigui el telèfon mòbil, sinó que qualsevol estupidesa que et passa pel cap o per la imaginació és suficient per malbaratar un temps que podria haver estat magnífic. Crec que és Pascal en un dels seus “Pensaments” que diu que el vol d’una mosca és capaç d’arruïnar per sempre més la solució d’un teorema filosòfic o matemàtic. És la condició humana! Evidentment jo no sóc cap Pascal ni cap Descartes, però si al vol de les múltiples mosques afegeixo el ti-ru-ri-ru-riiii del mòbil, doncs difícilment podria tenir temps per allò que és essencial en la meva vida, que no s’identifica unívocament amb el meu treball al costat de l’ordinador.

Puc dir-te que aquesta al·lèrgia meva al mòbil no respon a un esperit reaccionari. T’explico una anècdota molt divertida que segurament agradarà molt al Novotny, tan amic de les tecnologies i tan traçut a treure’n el màxim profit. Vaig llegir que quan va arribar a Barcelona el primer automòbil, van voler fer-ne una presentació pública i el van fer córrer des del Port fins a la Plaça de Sant Jaume, amb gran expectació i concurrència popular. Però en arribar al mig del carrer Fernando, el “cacharro” es va calar i no va haver-hi manera d’engegar-lo, talment que els promotors el van haver d’empènyer per a fer-lo arribar a l’Ajuntament, enmig de les burles i la riota de la gent. La premsa va comentar aquell esdeveniment: “Com es pot comparar aquest enginy tan lleig amb la bellesa i l’elegància d’un parell de cavalls de raça? L’automòbil no és més que un despropòsit de l’orgull de l’home per desbancar la tracció animal, que és la pròpia de la naturalesa creada per Déu”. Carai amb els profetes, si es descuiden! Actualment l’estrany fóra trobar un cotxe da cavalls en una autopista, t’imagines el cacau?

Sóc conscient que tal vegada algun dia em podria passar una cosa semblant als detractors de l’automòbil i no fóra gens estrany que la meva reticència al mòbil s’evaporés davant unes noves necessitats. Aleshores em procuraria un cell phone de la darrera generació i últim model, però de moment no tinc motius per canviar els meus costums ni necessito impressionar ningú donant-me aires de top manager. Per això, estimat Carlitos Novotny, ara per ara continuaré fent el meu treball de cada dia al davant de l’ordinador i al costat del meu vell telèfon de taula, on em tindràs sempre, llevant d’alguns moments “privats”, a la teva disposició.

Una abraçada, xatu.