dijous, 24 de desembre de 2009

WRITINGS & LECTURES - 02

Aquest document que us presento és la traducció castellana de la conferència que vaig pronunciar a la sala d’actes del Palau Moja de Barcelona l’u d’abril de 2009, en el marc d’una sessió commemorativa del cinquantenari de la revista montserratina Serra d’Or. El text original va ser publicat en aquesta revista núm. 595-596, juliol-agost 2009, pp. 544-548.


El Museo de Montserrat, carnet de ruta.

Hablar del Museo de Montserrat durante 30 minutos es muy fácil y muy difícil. Fácil si me limito a decir lo que dice la página web de Montserrat, y fácil y difícil al mismo tiempo, si opto por abrir el grifo y dejar que salga a chorro un tema que conozco muy bien; piensen que hace treinta y un años que soy su director y que he sudado la camiseta a base de bien. Pero a veces me cuesta discernir lo que es objetivo y lo que puede ser simplemente una apreciación mía y, además, corro el riesgo de hacerme pesado como los viejecitos que empiezan y no acaban. Sopesados los pros y los contras, me decido por la opción difícil, con la esperanza de no irme por las ramas y de encontrar la venia de un público comprensivo.


Un museo de la Iglesia poco eclesiástico

Diré para empezar que dirigir un museo y un museo como el de Montserrat es bastante más complicado de lo que parece a simple vista, porque además de las dificultades normales de esta clase de institución, que los entendidos en museología saben muy bien, el Museo de Montserrat tiene bastantes otras por añadidura, ya que es un museo de titularidad eclesiástica, pero de contenido muy poco “eclesiástico”, propiedad de un monasterio que dicen que “es algo más que un monasterio”, pero nadie sabe en qué consiste realmente este “plus”, ni nadie lo entiende de igual manera. Por este motivo la historia del Museo de Montserrat, hablo de la historia reciente, se mueve entre claros y sombras, o como diría san Ignacio de Loyola, entre consolaciones y desolaciones, algo muy comprensible, porque al fin y al cabo eso o algo parecido es lo que ocurre en las mejores familias.

De entrada afirmo que la institución “museo”, dentro de un monasterio, es algo “contra natura”, que no encaja en el conjunto. El Director de Publicaciones puede constar como tal urbi et orbi, porque es el digno sucesor de aquella figura monástica medieval que era el caput scriptorii, y lo mismo podríamos decir de la música o de la escolanía con su caput scholae o magister puerorum; pero “museo” significa “casa de las musas”, algo de difícil ensamblaje en la estructura monástica, puesto que las musas son unas señoras profanas y hasta bastante paganas, de esas que no pueden entrar en clausura. Por este motivo la institución museística es una competencia de las explotaciones externas del monasterio, que entran en el ámbito directo del mayordomo o administrador, como las granjas avícolas, las tiendas de recuerdos y los demás servicios creados de cara al turismo.

No piensen que estoy haciendo caricatura amarga, ni mucho menos; éste no es mi estilo. Simplemente estoy dibujando con trazos aproximativos el mapa isobárico de presiones para mejor comprender la carta de navegación o la ruta viaria según la cual tengo que pilotar o conducir esta especie de barco o de tren que podría ser el Museo de Montserrat, salvando los escollos para conducirlo a buen puerto, acelerando o frenando para que el vehículo circule a la velocidad que permiten las circunstancias y no descarrile ni se vaya a pique. Sólo explicando este ambiente climático podrán comprender ustedes el mensaje clave que les querría transmitir: por qué el Museo de Montserrat es como es, qué etapas ha logrado, cómo funciona, hacia dónde se dirige, qué quisiéramos que fuese.


La paloma de Picasso

Recuerdo que en 1982 quise imprimir papel timbrado y diseñar un sello propio del Museo y me dirigí a Filograf. Con el querido Don Ricard Giralt Miracle, que era un miembro destacado de la Iglesia Bautista de Barcelona, nos confabulamos para hacer una especie de logo inspirado en la paloma de Picasso, la que sale en la lito Ronde de l’amitié, que el gran pintor dedicó al abad Escarré y a los monjes de Montserrat. Cuando tuve este sello oficial, se lo mostré al abad Cassià y le expliqué una vez más cómo podía ser el Museo de Montserrat, es decir mi teoría: que la donación Sala sólo era un buen punto de arranque para una etapa de ampliación del patrimonio que pondríamos al servicio de la gente, que las donaciones irían en aumento, que por imperativos del tiempo que vivimos el museo iría creciendo y que la paloma de Picasso, que habíamos adoptado como emblema, se podía leer como un símbolo del Espíritu Santo – no dije nada de las musas – que nos impulsaba a abrirnos, sin miedo, a la cultura, a la cultura-cultura, es decir a la koiné, a la cultura que se hace en nuestro mundo desde los más diversos ámbitos, y naturalmente también en el de las artes plásticas.

El abad Cassià me apreciaba mucho y también yo a él, pero mi discurso no coló. En los primeros ochenta todavía soplaban los residuos de aquel huracán destemplado de los años sesenta y setenta. Quienes rozan o pasan de los sesenta pueden recordar que en aquellos años, en nuestros ambientes progresistas, en nombre de la santa pobreza se exigía al Papa que se vendiera el Museo Vaticano a los americanos, porque el arte era un lujo y la cultura, un instrumento de poder. Era evidente que, con estos presupuestos mentales en vigor, todavía no había llegado el tiempo de hacer unos planteamientos nuevos para el Museo de Montserrat, y emprendí la larga travesía del desierto.


La casa de la musas


Nunca me sentí frustrado, porque yo también procedía de aquel mundo del postconcilio algo naïf y contestario. En aquella situación me dediqué a estudiar a fondo el arte del siglo XIX y del primer tercio del XX con la pretensión de documentar la colección Sala que había llegado a Montserrat, y de pronto se me abrió ante los ojos un panorama intelectual sumamente atractivo. Ya en esta primera etapa entré en contacto con una serie de amigos que me ayudaron y que siempre me han servido de apoyo: Francesc Fontbona, Daniel Giralt-Miracle y José Corredor-Matheos entre los mejores y mas próximos, con quienes me “confesaba” en materia artística y profesional, pero acudían también a Montserrat otros muchos universitarios que hacían tesis doctorales o profesores que necesitaban información sobre nuestra pintura catalana moderna; es decir, sin proponérmelo expresamente, fui tejiendo una densa red de amistades entre profesionales y especialistas muy prestigiosos.

Considero como ventaja el hecho de que mi titulación académica no sea eclesiástica sino exclusivamente civil. Soy un producto de la Universidad de Barcelona de los primeros años setenta, alumno de Cirici por lo que respecta al arte moderno y contemporáneo, de Verrié en arte medieval, de Santiago Alcolea Gil en Renacimiento y Barroco y de Pere de Palol, en lo que concierne al arte y cultura tardo-romana y paleocristiana, que era mi primera vocación y que, precisamente a causa de las “presiones isobáricas”, se convirtió en mi “amor imposible”. Con esta anotación previa quiero dejar claro que, aunque soy monje benedictino y siempre me he sentido muy satisfecho de ello, en lo que concierne a mi trabajo profesional, mi mentalidad es muy laica, y me atrevería a decir un poco “laicista”. Del mismo modo que los catalanes cuando se sienten acosados se hacen “catalanistas”, las personas como yo, según la presión y la dirección de los vientos, también podemos llegar a sentirnos “laicistas”.

Se me revuelven las tripas cuando recibo circulares de museos eclesiásticos con programas de “Cómo evangelizar desde los museos”. El museo no es el lugar de la catequesis, sino el lugar para enseñar a mirar el arte, a leer las formas y a comprender lo que está detrás. Cuando un objeto sagrado pasa a un museo, su primera dimensión sagrada se evapora, para adquirir otra de simple objeto artístico, producto de la inteligencia del artista y de su habilidad; el significado religioso pasa a segundo plano y está sólo en función de la comprensión del objeto. La catequesis y la evangelización se deben realizar en la iglesia, o en el salón parroquial, o en los centros dedicados al apostolado, o en casa, o en el bar hablando con los amigos y yendo con ellos de excursión. Estoy convencido de que las estrategias clericales de camuflaje – que se traguen la píldora sin que se den cuenta – resultan contraproducentes y hacen que el museo deje de ser museo, es decir casa de las musas. Estas, al percibir cierto olor de cera, huyen aterrorizadas y el arte pierde su atractivo para convertirse en propaganda, y la religión en ideología. ¡Una pena!

Del mismo modo que me repugnaba visceralmente aquel pseudo-museo de Moscú de la Guerra Fría que se llamaba “Museo del ateísmo”, me repele el concepto de museo que, bajo el manto del arte o de la arqueología todo él está en función de una campaña de mentalización religiosa, o antirreligiosa que a mí me da lo mismo. Yo apuesto por un museo “casa de las musas”, donde todo el mundo encuentre en el arte lo que el arte puede dar, si de verdad es arte.

Este modo de ver el arte desde algunas instancias eclesiales, en mi caso desde el Museo de Montserrat, no es ninguna novedad. Yo me siento muy en la línea, aunque todos hemos evolucionado bastante, con aquel grupo redactores de la revista Qüestions d’art, de los años setenta de la Editorial Estela. Hay que desconfiar de aquel arte que necesita adjetivos calificativos tan fuertes que dejan al sustantivo vacío de sentido. El museo que estamos construyendo en Montserrat – todavía en el plano ideal, pero con incidencia material y real, cada día, paso a paso, pero en esta dirección – es un museo abierto, como un ágora, donde se canta la creatividad humana de todos los tiempos, de todas las culturas, pero principalmente de la nuestra, porque es nuestra y es la que el público espera encontrar en un país como el nuestro. Apostamos por la pluralidad de escuelas, estilos y conceptos, pero mantenemos un exigente y selectivo control de calidad y no nos da miedo, aunque somos conscientes del riesgo de equivocarnos, rehusar experiencias que nos parecen frívolas o de valor muy discutible. Este tipo de arte tendría que hallar su expresión en otros lugares más experimentales que un museo. En mi opinión, esta institución tendría que infundir mucho respeto, y creo también que en el currículum de un artista vivo entrar en un museo tendría que ser algo así como una consagración, como el logro de una meta definitiva.


El arte profano en el Museo de Montserrat o el desembarco en Normandía

El lenguaje con el que les hablo no es sólo producto de mi formación en la Universidad de Barcelona en los primeros setenta, sino que puedo hablarles de este modo porque el Museo de Montserrat, a cuya formación he contribuido, también me ha formado a mí. En 1978 pusieron en mis manos un museo organizado en 1963 con los criterios que imperaban por todas partes en aquellos años. Piensen que eran los tiempos del turismo de Fraga Iribarne, de rebaños de turistas preferentemente nórdicos – ¡aquellas vikingas de nuestros sueños de juventud! – que llenaban nuestras playas i compraban un paquete de viaje que comprendía la visita a Montserrat, con Museo y Salve de la Escolanía incluidos.

Entonces el museo constaba de dos partes o secciones bien delimitadas. El antiguo Museo Bíblico de la portería del monasterio, lo habían desmontado con gran disgusto de los discípulos del P. Ubach, y fue integrado en el Museo de Montserrat como sección de Arqueología del Oriente Bíblico. La otra sección se llamaba Pinacoteca y estaba formada principalmente por los cuadros que adquirió en Roma y Nápoles el abad Marcel entre 1913 y 1920. La constitución de este museo era simultánea a los anhelos eclesiales del postconcilio que postulaban un espíritu de mayor “pobreza y simplicidad”, y los cuadros dentro de casa más bien molestaban y repelían. – O tempora, o mores! – que diría Cicerón. La inflexión, la gran revolución, la toma del “Palacio de Invierno” que trocó los papeles en todo este asunto fue la llegada a Montserrat de la colección Sala Ardiz, en febrero de 1980, y su inclusión en el Museo en 1982.

Con ironía he comparado este hecho con la “Gran Revolución”, porque, de golpe, como por arte de magia, se nos invirtieron los términos. La pintura moderna de los siglos XIX y XX que nos había llegado como una invasión de modernidad, que no era ni bíblica ni religiosa, sino profana, como lo evidenciaba la Madeleine de Ramón Casas en la portada del primer catálogo y en la mayoría de impresos que editamos ya en 1982, se había apoderado de nosotros. Lo expliqué ya más arriba. Yo que hasta entonces era un “paleocristianista” tuve que reciclarme deprisa y corriendo. Pero el santo Cenobio, como es natural, tuvo que hacer una digestión más lenta y pesada de aquella ola de mundanidad que había encontrado asilo en las dependencias del antiguo Restaurante de Montserrat, convertido en museo, en medio de grandes dificultades económicas.


Redescubrir y valorar el arte recién llegado

En el monasterio, como mandan los cánones y las constituciones, cada vez que hay un asunto que implica la propiedad y que supera una determinada cantidad de dinero, se precisa un permiso especial no sólo del abad sino también del Consejo de Decanos. Y la llegada de la colección Sala comportó un aluvión de solicitudes de préstamos de cuadros, que los decanos, tras oír mi informe, debían otorgar o denegar. Como era de esperar, a la sexta o séptima sesión, los decanos estaban ya hartos de estas formalidades y me dijeron que decidiera yo sólo. Este fue otro paso importante para llenar de competencias el cargo que ostentaba y también porque la comunidad se daba cuenta de que el Museo de Montserrat salía en los catálogos de muchas exposiciones de Barcelona y del extranjero, y también veía que la única pintura que nos pedían era la profana, la que salía reproducida por todas partes y a la que consideraban tan importante o más que la otra. Efectivamente, si nuestro museo empezaba a ser de cuatro estrellas, tres eran a causa de la pintura catalana moderna. Y enseguida empezaron a llegar otras donaciones: la Sensat, la Busquets, los Dalí de la señora Josefina Cusí, y una lluvia de donaciones individuales que íbamos integrando como podíamos en el museo.

Una de las cargas – a veces dulce, a veces ingrata – que conlleva mi cargo es la de acompañar, a requerimiento del abad, a los visitantes ilustres del Monasterio. Recuerdo la anécdota, que significó mucho para mí, de la visita del nuncio Mario Tagliaferri al museo. Enseguida me di cuenta de que conocía detalladamente el arte del siglo XIX, sobre todo el francés, que sabía quién era Fortuny, y me dejé llevar por el entusiasmo. Cuando me di cuenta, estaba explicando al nuncio las peripecias de Rusiñol, Casas y Utrillo en Montmartre, con Suzanne Valadon en medio, y el nuncio mirándome fijamente a la cara con la boca entreabierta. Le dije: - “Perdone, Señor Nuncio, quizá le esté escandalizando que un monje benedictino le hable de estas cosas”. Me cortó:
– “No; todo lo contrario. Creo que lo que me está explicando es tanto o más interesante que lo que pudiera decirme un jesuita experto en astronomía o en física nuclear. Las humanidades son algo muy importante y el trabajo y los estudios que usted está llevando a cabo tienen mucho interés y usted está haciendo un gran servicio”. Esto me hizo pensar mucho.

Comencé también a leer algunas publicaciones del cardenal Paul Paupard y documentos del Pontificio Secretariado para la Cultura. Encontré enseguida cosas muy aceptables a las que nadie hacía caso, y yo el primero. El principal interés de la gente que se movía en la Iglesia y en su entorno – eclesiásticos con cargos importantes, laicos comprometidos, religiosos/as con inquietudes – y de las revistas que nutren sus afanes de noticias y novedades, todo se centraba en cuestiones teológica y morales, objeto de grandes debates, o bien en cuestiones sociales complejas, temas todos ellos muy importantes pero sin solución fácil ni viable a corto plazo. Eran los tiempos del Concilio Tarraconense. Cuando visitó Montserrat el cardenal Paupard, pude hablar con él aunque brevemente y me quedé sorprendido por la coincidencia de puntos de vista que tenía con él; era mejor y mucho más claro cuando hablaba coloquialmente que cuando utilizaba papel timbrado del Pontificio Consejo. Esto me hizo madurar y sobre todo me produjo una cierta seguridad de no ir por caminos erráticos e inviables. Otro confidente y mentor de la travesía del desierto fue el arzobispo de Burdeos Mons. Pierre Eyt, al que ya había conocido anteriormente como Director del Centre d’Etudes Catholiques de París. Era fácil hablar con Mons. Eyt, que después fue cardenal, porque conocía muy bien los entresijos de la cultura literaria y artística del París del final de siglo XIX, y también del contemporáneo. Le recuerdo como una de las personas que más me ayudaron a explorar sin miedo el mundo y el ambiente de la modernidad.


Declaración de principios, o mejor, pensamientos que quizá puedan resultar útiles

De todo lo que les he explicado podría deducir una serie de conclusiones. El museo que estamos haciendo cada día en Montserrat ha de ser pensado y guiado desde unas ideas muy arraigadas en nuestra tradición benedictina, y además debería estar impulsado por aquella palomita de Picasso – que finalmente por imperativos del Vegap no llegó a figurar en nuestro logo – quiero decir por un afán de ultrapasar fronteras y de abrir espacios de libertad y reflexión sobre la condición del hombre (y de la mujer como hay que decir para ser sociológicamente correcto), de reflexión sobre el arte y sobre la realidad social que el arte refleja, etc.

La función de un museo no se limita a exponer correctamente sus materiales, un tema complicadísimo y carísimo, pero que con dinero puede lograrse muy satisfactoriamente, sino también debe crear en su entorno un ambiente intelectual amplio y poliédrico, donde pueda dialogar mucha gente con puntos de vista diferentes pero no antitéticos, que compartan unos valores humanos y humanísticos amplios abiertos a la complementariedad – nunca una casa de locos - , y desde este humus rico y bien abonado, presentar el arte dentro de un amplio marco de comprensibilidad y enriquecedor en todos los conceptos, estimulando en el espectador una lectura provechosa y gratificante.

Cuando anteriormente he aludido a la tradición benedictina me estaba refiriendo a la transmisión de una cultura y unos valores que no son exclusivamente cristianos, sino también los clásicos, los de la cultura común válida para todos. Será preciso recordar que en nuestros scriptoria medievales no sólo se copiaba la Biblia y los Santos Padres, sino también Horacio, Ovidio, Virgilio, las comedias de Plauto, los epigramas de Marcial y hasta algunas cosas más atrevidas, porque como dice Aristóteles, y creo que santo Tomás de Aquino lo confirma: “nadie puede vivir sin delectación”. Si buscásemos la tradición manuscrita de los autores que he citado, seguramente que encontraríamos los nombre de bastantes monasterios benedictinos alto-medievales.

Y por lo que se refiere al ambiente intelectual amplio que postulo para nuestro museo, me remito a la autoridad de John Henry Newman. Recuerden aquello de Eugeni d’Ors: “Todo lo que no es tradición es plagio”, y por lo que respecta a Newman, me remito a su libro Idea of a University en el que lanza ideas de cómo tendría que ser la Universidad Católica de Dublín, de la que fue fundador y primer rector (1852-1857), hasta que el episcopado le echó porque era poco celoso y no fomentaba las conversiones como se esperaba. La universidad católica que quería Newman era semejante al ambiente que les he descrito y que yo quisiera promover y potenciar como substrato o trasfondo intelectual del Museo de Montserrat: un grupo de personas eminentes en su especialidad que dialogan desde puntos de vista diferentes, que respetan y no interfieren el ámbito religioso de la parroquia universitaria, pero que jamás pretenderán hacer proselitismo desde la literatura, ni desde la física, ni desde el arte.

No pido la luna. Lo que propongo es un corolario del Concilio Vaticano II cuando hablaba de la autonomía de las ciencias humanas, y por tanto de las humanidades , algo que el papa Juan Pablo II subrayó en su encíclica Fides et Ratio. A veces resulta que las soluciones más innovadoras son aquellas que manteníamos en el frigorífico. Sólo hay que descongelarlas y sazonarlas convenientemente para que se conviertan en las más apropiadas en un momento determinado, puesto que responden al afán perenne del hombre (y de la mujer) de todos los tiempos, en búsqueda constante de sentido y trascendencia. Este deseo, esta inquietud jamás saciada, es el mejor aliado de todos aquellos que empeñamos nuestros mayores esfuerzos para que el hombre, en su itinerario en esta vida, crezca en todos los niveles, sea feliz y goce de los dones que Dios nos ha dado, entre los cuales el arte y las artes plásticas ocupan un lugar no sólo interesante sino insustituible, para que el hombre sea algo más que una máquina biológica.


Las faenas que ocupan nuestro quehacer

Por encima de todo, el Museo de Montserrat está comprometido en abrir las puertas todos y cada uno de los días del año al público que sube a Montserrat y desea visitarlo. No cerramos ningún día de la semana; estamos en servicio permanente, en actitud de acogida, como nos prescribe la Regla benedictina refiriéndose a los huéspedes y visitantes. Esto para nosotros es básico.

Pero además mantenemos este diálogo de que les hablaba antes por medio de las exposiciones temporales, que son expresión de un estudio y de una trama previa de relaciones y propuestas. Estas exposiciones tienen lugar en dos salas debidamente habilitadas para esta función: la sala Pere Daura de unos 450 m2 y el Espacio de Arte Pere Pruna, más pequeño, pero también más ágil que la sala anterior y que dedicamos preferentemente al arte contemporáneo. Las exposiciones que organizamos a base de nuestro patrimonio artístico y arqueológico pueden tener carácter itinerante y viajar a las ciudades y entidades que nos las solicitan, de este modo se convierten en embajadoras de nuestra cultura.

Desde hace dos años el Museo de Montserrat publica en Internet y en papel una pequeña revista de carácter informativo y de tono coloquial que ofrece las novedades, las exposiciones, los proyectos en curso, las restauraciones y los estudios que se están llevando a cabo en el Museo de Montserrat o en sus aledaños. Esta publicación trasparenta el ambiente que se respira en nuestro entorno y el diálogo que se crea entre artistas, historiadores, críticos y otros profesionales del arte, que encuentran en el Museo de Montserrat un ámbito de reflexión compartida. Éstos colaboran frecuentemente en la dirección de los proyectos que llevamos a cabo. Esta publicación ostenta el título emblemático de El Propileo, porque éste era el pórtico de la Acrópolis de Atenas, donde se hallaba la Pinacoteca, y marcaba el inicio de la vía sacra que conducía al Partenón.

Consideramos que el arte, y por consecuencia también el Museo de Montserrat, tienen una función propedéutica, es decir ha de proporcionar un acompañamiento introductorio a quienes se nos acercan con el deseo de emprender un camino, cada uno el suyo, hacia unos ideales, aquellos que sienten y les atraen, siguiendo su ritmo vital, es decir los mejores anhelos de su corazón. Desde el Museo de Montserrat estimulamos una aventura que no es exactamente la que se promueve desde la Basílica ni desde las actividades pastorales del Santuario, pero que no están en contradicción con ellas. Nos movemos en el terreno de las “humanidades”; ésta es nuestra herencia y estamos contentos de compartirla con todos los que nos visitan y se encuentran bien a nuestro lado.

Les he explicado lo que somos, lo que queremos, las etapas de un itinerario que empezamos hace tiempo y que hemos ido perfilando en estos últimos años. También querría decirles que soy más platónico que “machadista”, y que el caminante que cree que caminando está abriendo camino es algo miope y sólo percibe la inmediatez de lo que está viviendo. En realidad es el camino que hacemos el que nos constituye en aquello que somos, el que nos da nuestra peculiar fisonomía, y el que nos da motivaciones para seguir adelante y divisar nuevos horizontes. Esto también forma parte de mi experiencia al frente del Museo de Montserrat, que he compartido con ustedes a lo largo de esta media hora, que deseo que les haya sido soportable; y si además les hubiera reportado algún provecho, me daría por satisfecho y muy bien pagado.