dilluns, 8 de febrer de 2010

Pensierini o cartas a Carlitos Novotny – 5

El arte de cargar baterías

3 de Enero de 2006

No has tenido espera, querido Carlitos Novotny, y has contestado mi mail como si te hubieran tocado el nervio. Sí, tienes toda la razón del mundo al advertirme que el problema religioso es algo muy complicado y personal. ¡Si lo sabré yo! De ningún modo pretendía forzarte ni influirte. Sólo intentaba darte elementos de juicio, que seguramente no tienes, a fin de ayudarte a comprenderte y a comprenderme mejor, si hemos de ser amigos. Ni el tono ni el contenido de estas dos cartas tienen finalidad catequética ni apologética ni busco provocarte un proceso de conversión. Si en algún momento llegaste a pensar esto, te equivocaste. Fíjate en esto que te digo: en la más pura tradición católica (tomista) el hombre adquiere su plena dimensión desarrollando todas las potencias naturales corporales y espirituales, según su capacidad. La fe es otra cosa y pertenece a otra esfera. La fe es gracia, un regalo gratuito que tienes o no tienes y punto. Esto quiere decir que el hecho de no tener fe no supone ninguna carencia substancial para ser perfectamente hombre (o mujer, según el caso). Por tanto no te estoy hablando desde una situación de superioridad, sino desde la igualdad substancial y desde una diferencia que puede ser enriquecedora para ambas partes. ¿De acuerdo? Así pues, tras largarte este preludio, continúo con el rollo de la carta anterior.

Cuando hablamos con lenguaje figurado de “cargar baterías” o de “llenarse uno de energía”, no nos hallamos en el plano de lo esencial, sino en el de lo existencial. Es una diferencia muy importante. Lo esencial sería algo muy específico que pertenece a la esencia de todo hombre, de modo que si le faltara ya no sería hombre. En cambio lo existencial es algo particular de cada persona; ésta, mientras vive, está siempre en proceso evolutivo como protagonista de su propia historia. No hay itinerarios estándar, sino que cada persona tiene el suyo y cada uno sabe lo que le ayuda a “repostar energías” y lo que le desgasta o desvigoriza.

Hoy día se habla mucho de lo importante que es desde el punto de vista psicológico desconectarse del trabajo habitual, que indefectiblemente se concibe y se vive como algo despersonalizador, maquinal y penoso. Y lo mismo ocurre con la vida y la convivencia social, de modo que para desconectar hay que ir a lugares exóticos que no te recuerden ni por asomo tu vida ordinaria, o bien hay que retornar a la naturaleza, cuanto más salvaje mejor, como elemento relajante de la tensión que provoca en ti una vida laboral y social cotidiana, sufrida a disgusto como algo estresante y antinatural. Carlitos, tú ya sabes que en este ámbito mi experiencia “existencial” se halla en las antípodas de lo que te describo. Tengo y gozo del privilegio de trabajar en el oficio que me gusta y para el que me siento preparado, y aunque no sea siempre un jardín de delicias y, como ya sabes las dificultades no me faltan a diario, he aprendido a asumirlas y a crecerme con ellas.

El concepto del trabajo como penalidad y castigo prometaico no es del todo cristiano, sino que es algo mucho más antiguo, que el evangelio ha ido iluminando con el tiempo. En el Génesis 2:15 se dice que Dios puso al hombre en el paraíso “ut operaretur”, para que lo cultivara, y el evangelio más místico, que es el cuarto, pone en boca de Jesús aquella máxima refiriéndose a Dios; “Mi Padre trabaja y yo también trabajo” (Jn 5:17). En la civitas ideal que los cristianos tenemos in mente – lee la “Ciudad de Dios” de San Agustín – los hombres trabajan en los oficios que les son adecuados a sus fuerzas y a su ingenio, siempre con el afán de servir y ser útiles a los conciudadanos que se convierten en “amigos”; en San Agustín la palabra “amigo” tiene un sentido peculiar muy fuerte. Nos encontramos, pues, lejísimos, en las antípodas de aquel Homo homini lupus de Hobbes y del antagonismo competitivo de la sociedad capitalista salvaje. Si uno vive de acuerdo con este ideal, ni la profesión ni la convivencia social significan automáticamente una sangría inútil de energías ni algo sumamente estresante, sino todo lo contrario. El valor básico que aquí entra en juego es el de la filantropía clásica, la conciencia de que todos pertenecemos a una sola y única especie en la que no se practica la ley del más fuerte sino la solidaridad de unos con otros, teniendo en cuenta a los más débiles, cuya dignidad no es inferior a la de los fuertes. Esta doctrina que el cristianismo destiló e hizo suya se hallaba ya en el estoicismo. El cristianismo con su concepto y experiencia de la caritas no hizo otra cosa a este respecto que dar un fundamento transcendente a la filantropía helenística poniendo en su base la filiación divina de cada persona y la fraternidad universal que se deriva de ella. Se trata de lo mismo, pero con motivaciones “sobrenaturales”, es decir que van más allá, pero en la misma dirección, de lo que la naturaleza pide. ¿Me sigues?

Sí, ya lo sé, por experiencia propia y ajena, que el hombre es muy frágil y que el contexto social en que vivimos puede llegar a ser alienante y asfixiante, de modo que el hombre (y la mujer), a menudo y cada vez más, necesitan cambios de aire y respirar profundo sin las prisas ni las presiones que marcan nuestra vida diaria. Todo esto es muy justo y cada uno encuentra su modo y manera de satisfacer esta necesidad “existencial” con viajes, diversiones, fines de semana en el campo; otros se inclinan por métodos inspirados en las religiones orientales: meditación zen, Tao Chi Kung, etc. (¡Cuidado, Carlitos, que no te tomen el pelo, pues entre los “gurus” que se anuncian corre mucho aficionado). Recuerdo el boom de los discos de gregoriano del Monasterio de Silos que se pusieron de moda como técnica relajante en los primeros noventa. Bien, pues todo eso no es más que eso: un repertorio de medios y remedios para paliar un malestar anímico. No quisiera que el “descubrimiento” de los Laudes al rayar el alba en Montserrat significaran solamente eso para ti. Quisiera que dieras un paso más y que éste no fuera en la línea de la recetas para paliar el estrés. Tampoco te urjo a que este paso sea en mi línea, pues hay otras.

No creas que desprecio la meditación budista, sobre todo la tradición zen. Cuando estuve en Japón residí unos días en el monasterio benedictino de Fujimi y vi a un par de monjes nuestros que practicaban este tipo de meditación y me explicaron cómo les había ayudado a ahondar más en la oración monástica cristiana. No lo dudé ni un instante. Yo también probé este método de concentración y meditación en el verano de 1987, cuando residieron con nosotros en Montserrat un par de monjes budistas, pero al tercer día ya noté que aquel no era mi camino y que aquel método no se acomodaba en modo alguno a mi manera de ser. Ellos, en cambio, nos decían que cuando asistían a nuestros oficios monásticos sentía algo muy similar a lo que experimentaban en sus ceremonias budistas.

Pero además de estas técnicas orientales hay otras formas de acercarse a la esfera de lo divino sin necesitar una fe explícita en ningún dogma ni siquiera en la existencia de un Dios personal. Me estoy refiriendo a lo que la filosofía de siempre, desarrollando el pensamiento de Platón y Aristóteles, ha venido a llamar los “predicamentos trascendentales del Ser”: verum, bonum et pulcrum (lo verdadero, lo bueno y lo bello). Aunque sus raíces se hallen en la filosofía helénica anterior al cristianismo, el gran tratadista de los trascendentales fue San Buenaventura, en el siglo XIII, con su librito Itinerarium mentis in Deum, que algún día tendrías que leer.

Vamos a por lo primero, el verum. Los estoicos como Zenón, Séneca, Marco Aurelio (s. III a C – II d.C.) hablaban del “Logos del cosmos” identificándolo con la divinidad, que se manifiesta en la suprema armonía del universo. Los neoplatónicos Plotino y Porfirio (s. II-III d.C.) enseñaron a los intelectuales “paganos” de su tiempo a “cargar pilas” en la contemplación tranquila, silenciosa y unitiva con el Ser, raíz y punto focal de todas las energías del cosmos. Desde esta actitud panteísta uno puede entrar en comunión con ese mundo indefinible y superior del que la naturaleza da indicios sin llegar a decir nada en concreto. El profesor Tierno Galván, cuando ejercía de filósofo, no se ruborizaba en afirmar que en la gran sinfonía del Universos ni un milígramo de amor humano se perdía ni resultaba inútil. La consideración de nuestra singular verdad sumergiéndola en la Verdad suprema e infinitamente mayor que nosotros nos ayuda a hallar nuestro puesto en el mundo, a asumir nuestros límites y también a establecer una personal sinergia con el Todo. Sé de científicos que lloran de emoción y tiemblan de respeto contemplando lo que ven en el microscopio. Eso también puede considerarse oración.

Hay mucha gente que experimenta esto no tanto en la contemplación del verum como con la práctica del bonum, del bien. Muchas personas de todos los tiempos, pero seguramente hoy mucho más, encuentran el sentido profundo de sus vidas en el trabajo a favor de los desfavorecidos y precisamente la bondad que mana de sus entrañas de misericordia es lo que más les acerca a la esfera de lo divino. Esa emoción unitiva a través del trabajo amoroso con los que sufren también tiene valor de verdadera oración, prescindiendo de la fe y de la creencia concreta del individuo. La Madre Teresa de Calcuta lo sabía muy bien.

El librito que Rusiñol tituló Oracions (1898) consiste en un auténtico devocionario laico en el que el artista se enternece contemplando y alabando la belleza de las pirámides, del Partenón, de los pintores quattrocentisti italianos, del crepúsculo, del ciprés, del sonido de la campana, etc. La emoción estética que uno experimenta escuchando Bach, mirando una pintura que le habla, leyendo un poema que le toca la fibra más íntima, es también un momento sublime en el que uno puede “cargar pilas”, porque lo que percibe rezuma algo que pertenece a una esfera estética que le supera. Un ejemplo muy plástico sería Santiago Rusiñol y su familia, todos sentados en un acantilado de Mallora, con las piernas colgando sobre el abismo, contemplando una fabulosa puesta de sol y aplaudiendo frenéticamente cuando el astro rey se pone en el horizonte marino y gritando como locos “Viva, viva, que salga el autor”. Rusiñol, sin querer, amalgamaba lo estoico y lo cínico.

Como ves, Carlitos Novotny, no pretendo comerte el coco con una catequesis católica. Sólo quisiera que encontraras la manera de sintonizar tu vida con la fuente de donde mana toda la energía del universo que anhelas, sin acudir a modos y maneras de poca calidad. Estos momentos de concentración contemplativa o de dedicación preferencial hay que hacerlos regularmente, y con la espontaneidad de aquel que respira o se apoya sobre algo seguro al sentirse fatigado, sin esperar a constatar que te estás desangrando espiritualmente o que tu alma está seca como una teja. Encuentra tú mismo tu modo y manera; a veces tres minutos de mirar sin prisas, con ojos limpios y perspicaces, con simpatía y con aquel amor franciscano que aprendiste en el colegio, el firmamento, el sol naciente o el crepuscular, los tejados que se ven desde tu noveno piso, la gente que se afana y corre por tu calle, pueden equivaler con creces al rezo de Laudes en Montserrat, que tanto te gustaba y te ayudaba a “cargar las baterías” de tu espíritu. Y si quieres rezar el Padre nuestro que te enseñaron en casa y en el colegio, dando a las palabras el sentido que te dé la gana, por mí no te prives. Yo tengo por cierto, como conjeturaba el viejo profesor Tierno, que todo lo que se envía a lo que está más allá, llega a su definitivo destino.

Un abrazo.

1 comentari:

Jordi ha dit...

Benvolgut Josep de C. Laplana. Em dic Jordi Taló. Estudio a Roma i m'agradaria que m'enviés l'article que tracta sobre la fraternal relació de Sant Josepmaria i l'abat Aureli Ma. Escarré. La va publicar vostè a Qüestions de Vida Cristiana. I si té alguna fotografia, o quelcom més, també. El motiu és que haig de donar una conferència on parlaré de Montserrat i de sant Josepmaria. Li estaré molt agraït. La meva direcció és jorditalo@gmail.com

gràcies